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Hielo incandescente pone en órbita la mejor poesía de @veronicaperezarango , transitada por una franqueza en apariencia íntima, erosiva y transparente, como el amor cuando avanza despojándose. ¿Cómo puede ser/ que me despierte/ en la mitad de la noche/ y no estés acá?, pregunta una voz mientras Alan Estauce, en la oscuridad del espacio, anida un artefacto que al suspenderlo opera sobre su percepción: lejos de casa es materia flotante, un pez alado que escribe una postal y objeto de la ciencia envuelto en una esfera milagrosa, barcaza o un capullo donde escucha la música del mundo, alejándose cada vez más de lo que es, hasta adentrarse en esa pura flotación. El cielo, mirado desde la ciudad, figuraba una cápsula divina; ahora es el poema el que viaja, encapsulado, más allá de la vida en los techos. Hay, en este libro, un esplendor biográfico como tiene que darse: contrariado, superpuesto, alterándose en una proeza tan grandiosa como inútil; estado de fuga y soliloquio donde ocurren las inversiones de una lejanía, dicha por la otra voz: una adivina que canta/ los pensamientos ajenos. Con pulsión cinematográfica, Alan Estauce nos cuenta, antes de romper la barrera del sonido, que la base siempre estuvo allá abajo, en la casa familiar de Nuevo México y en las corridas hacia el río –corre el agua en los poemas de Pérez Arango: el mar, el lago, el río, un acuario–, aquello que se pretende recuperar bajo el imperio de una sensación y que acelera sintonías con las formas sin nombre del espacio. Al mismo tiempo el esfuerzo, aquí abajo, se revela titánico: la construcción de otro espacio, enorme como aquel, otro universo cuyo sentido primordial es generar en el poema hilo invisible, cercanías. Carlos Ríos
Hielo incandescente pone en órbita la mejor poesía de @veronicaperezarango , transitada por una franqueza en apariencia íntima, erosiva y transparente, como el amor cuando avanza despojándose. ¿Cómo puede ser/ que me despierte/ en la mitad de la noche/ y no estés acá?, pregunta una voz mientras Alan Estauce, en la oscuridad del espacio, anida un artefacto que al suspenderlo opera sobre su percepción: lejos de casa es materia flotante, un pez alado que escribe una postal y objeto de la ciencia envuelto en una esfera milagrosa, barcaza o un capullo donde escucha la música del mundo, alejándose cada vez más de lo que es, hasta adentrarse en esa pura flotación. El cielo, mirado desde la ciudad, figuraba una cápsula divina; ahora es el poema el que viaja, encapsulado, más allá de la vida en los techos. Hay, en este libro, un esplendor biográfico como tiene que darse: contrariado, superpuesto, alterándose en una proeza tan grandiosa como inútil; estado de fuga y soliloquio donde ocurren las inversiones de una lejanía, dicha por la otra voz: una adivina que canta/ los pensamientos ajenos. Con pulsión cinematográfica, Alan Estauce nos cuenta, antes de romper la barrera del sonido, que la base siempre estuvo allá abajo, en la casa familiar de Nuevo México y en las corridas hacia el río –corre el agua en los poemas de Pérez Arango: el mar, el lago, el río, un acuario–, aquello que se pretende recuperar bajo el imperio de una sensación y que acelera sintonías con las formas sin nombre del espacio. Al mismo tiempo el esfuerzo, aquí abajo, se revela titánico: la construcción de otro espacio, enorme como aquel, otro universo cuyo sentido primordial es generar en el poema hilo invisible, cercanías. Carlos Ríos