“CUANDO LA FORMA DEL DÍA DESVANECE”, Mariana Suozzo

“CUANDO LA FORMA DEL DÍA DESVANECE”, Mariana Suozzo

ISBN 978-987-42-0255-0

Reseña por Daniel Gigena ( “Página 12”) :

Es el tercer libro de esta poeta nacida en San Justo, partido de La Matanza, en 1982. Organizado en dos secciones bien diferenciadas ?la primera, “y donde había pared vi un espejo”, contiene la mayor parte de poemas?, el libro parece escrito bajo el signo de la simetría: dos ambientes, dos voces poéticas (una en singular, la otra en plural), dos edades para la educación sentimental: la infancia y la vejez ajena como un espejo-pared en el que rebotan las fantasías, los temores y las expectativas. “Escucho que hablan de la revolución/ un manto de polvo se eleva con el dócil viento de la tarde/ entro en pausa, pienso en todo aquello que no cambió”, se lee en el segundo poema de Cuando la forma del día desvanece. Desde un umbral, o una rendija que la percepción abre en la vida cotidiana, la voz de los poemas fluye sin obstáculos y también sin las grandilocuencias del arrebato lírico, no porque haya en esos arrebatos nada censurable, sino porque el caudal de los poemas de Suozzo es contenido. Eso no implica que la emoción que conllevan sea moderada: en el extraordinario poema “Iniciamos el fuego con un puñado de pasto seco” (los poemas de Suozzo no tienen título o el primer verso les da título) una quema de basura, hojas y ramas secas cobra la dimensión de una elegía al paso del tiempo: “prendimos la fogata en la parte del terreno/ que aún no invade la hierba/ ese lugar que heredaste y que algún día heredaré/ si quedan prolijos los papeles/ no sé cuánto tiempo en común nos queda por compartir/ pasa un momento detrás de otro/ mientras quemamos la basura”. En los poemas de Suozzo la intimidad opera -a diferencias de hipótesis ensayadas por representantes de una vanguardia de arena? como catalizadora de la experiencia colectiva.

En los poemas de Cuando la forma del día desvanece, el día encuentra envases (formas) en paisajes conurbanos, en senderos de montaña o a la orilla en las playas: “De noche las montañas que cercan al pueblo/ no se ven, pero están ahí rodeándonos”. En ese mismo poema, un paseo en bicicleta dicta el latido del texto: “tu voz se corta, se la lleva el viento”. Ni la voz ajena ni el viento están ausentes de muchos de los poemas de Suozzo. El viento acerca o aleja la voz del otro, que se puede entrecortar, chocar con el entorno, perder la consistencia de la certeza (lo que la asemeja a un probable uso poético). “El entorno termina siendo el poema –dice Suozzo?– No creo que los poemas sean sobre paisajes sino sobre cómo los paisajes nos atraviesan.”

Los paisajes naturales se imponen de otra manera que los urbanos, en los que la vida encuentra equivalentes en el mundo del trabajo: las sirenas de la fábrica, las vías del ferrocarril, el sol que parece desintegrar el asfalto durante el verano. El mar, donde una presencia familiar asume un nosotros compacto (antes puede haber sido la pareja), impone el compás de un vaivén: el de las olas, el del balde de los pescadores, el de la mirada del padre. “Siempre trabajo la musicalidad del poema en voz alta”, dice la autora. “A veces tengo problemas con versos demasiado largos justamente por el tinte narrativo con el que me manejo, pero todo se arregla con ver cómo se lee después y donde te pide el texto el corte.” Esos cortes producen montajes mágicos, conversaciones que la lectura puede completar o silenciar definitivamente: “Mira el mar y recuerda las veces”, “la piedra es magnífica, allí pasaremos la noche”, “¿es tuyo lo que decís?”.

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